Residuo cero e igualdad de género

Mi marido y yo nos hemos inventado un buen sistema para las tareas del hogar: ninguno de los dos las hace - Dottie Archibald

Un ensayo denuncia que la carrera por el “zero waste” perjudica a las mujeres

¡Qué bueno ocuparse del planeta! ¡Qué bueno reducir el peso de la basura! Pero, ¿y si esa carrera hacia el “residuo cero” estuviera perjudicando más y más a las mujeres? Es la tesis de Titiou Lecoq, escritora y periodista independiente, quien acaba de plublicar el pasado mes de octubre en Francia el ensayo Libérées (Liberadas).

En la presentación de su libro, la autora sostiene que las mujeres “conservan la convicción interior de que ellas deben ocuparse de todo y de todos [en la casa] y de ellas en último lugar, si les sobran 5 minutos al acabar su triple jornada laboral”. Para la autora está claro que el combate feminista debe jugarse todavía en la esfera privada, en la vida privada de cada uno. Por eso, su libro Libéréeslleva como subtítulo El combate feminista se gana delante del cesto de la ropa sucia.

Mi marido y yo nos hemos inventado un buen sistema para las tareas del hogar: ninguno de los dos las hace – Dottie Archibald BECKY F VÍA FLICKR / CREATIVE COMMONS

Si no se reparten realmente las tareas del hogar, según Lecoq, es impensable exigir a la mujer además que utilice pañales lavables, que prescinda de la secadora, que vaya a comprar en múltiples espacios (mercados locales, tiendas a granel…) en vez de optar por el siempre práctico y rápido hipermercado. Y eso sin contar que además debe trabajar fuera de casa y ocuparse del bienestar general de la familia.

Para deshacer el entuerto y distribuir equilibradamente las tareas la autora propone que la pareja apunte durante una semana o más tiempo qué hace cada uno en casa. Y con esos datos empíricos de por medio, no sólo con impresiones vagas, se sienten a hablar y a negociar.

¿Existe una gran brecha entre el discurso público sobre la igualdad de sexos y la práctica del día a día?

Me resulta curioso porque el consejo de la autora parisina es parejo a lo que experimentaron algunas mujeres productoras de café hace unos años en el Norte de Nicaragua. Por aquel entonces pude entrevistar a una de ellas para Planeta Futuro y me contó que para empoderar a las mujeres habían organizado talleres con hombres y mujeres para poner en claro, negro sobre blanco, cuál era la carga de trabajo de cada uno.

Tenían que escribir sobre un reloj en cartulina cuántas horas trabajaban. Salió a la luz que las mujeres trabajaban unas 12 horas diarias, de domingo a domingo; y los hombres, entre 8 y 10 horas diarias, de lunes a viernes o de lunes a sábado. Lo curioso del caso es que cuando se les preguntaba a las mujeres si ellas trabajaban, respondían que no, que era el marido quien trabajaba, porque era él quien iba al campo.

¿Tendrá razón Lecoq y existe todavía una gran brecha (aquí y en Nicaragua) entre el discurso público, políticamente correcto, sobre la igualdad de sexos y la práctica del día a día delante del cesto de la ropa sucia? Recuerdo una anécdota de la última campaña electoral francesa. Uno de los candidatos a las primarias de la izquierda, ecologista para más señas, François de Rugy, quedó mal parado ante la opinión pública cuando hizo una proclama en favor de la repartición justa de tareas del hogar y del cuidado de los hijos. Su ex mujer le respondió vía Twitter que ella estaba totalmente de acuerdo con sus ideas, que para cuándo ponían en práctica esos principios ellos dos.

Yo debo confesar por mi parte que me siento una mujer muy afortunada porque mi marido es el instigador de la carrera por el “residuo cero” en la familia y comparte conmigo a partes iguales la carga de trabajo en la casa. Y de hecho lo hace mucho mejor que yo. Forma parte desde hace ya meses de dos grupos de reflexión en Facebook sobre cómo mejor ordenar la casa y cómo limpiarla de manera más eficiente: un grupo francófono inspirado en el libro de Marie Kondo y otro grupo también francófono sobre el método Flylady. Yo y toda la familia nos beneficiamos de lo que aprende en una y otra comunidad virtual sin mover ni una ceja. Al poco de integrar los grupos de Facebook mi marido me contó un día sorprendido que él era casi el único hombre activo en esos grupos. A mí la verdad no me sorprendió mucho el descubrimiento.

Todo lo contado hasta ahora me permite concluir, juntamente con Lecoq, que la lucha por un planeta más limpio no puede pagarse a base de mujeres extenuadas. O la lucha es compartida a partes iguales por hombres y mujeres (y niños y ancianos) o sólo conseguiremos extenuarnos unas cuantas, quienes de hecho estaban ya en el inicio bastante cansadas. La palabra, por muy bella y prometedora que sea, se queda en agua de borrajas si no le sigue de cerca la acción. Como decían los latinos necesitamos Facta, non verba, oséase, «hechos y no palabras».

Artículo publicado en El País

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